La culpa fue de Cupido,
por dar en el blanco al azar,
con su flecha del amor
que me hizo suspirar.
Disparó sin avisar,
directo al corazón,
y desde aquel momento
perdí toda la razón.
Cupido quiso jugar,
y acertó sin compasión,
dejó una flecha clavada
y me armó de valor.


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