Un ramo de rosas temblaba en mis manos,
cargado de sombras, de miedo y de ayer.
Pero entre sus pétalos, frágiles, tempranos,
quedaba una razón para volver a ver.
La noche era larga, la calle, desierta,
y el pecho guardaba silencio y dolor.
Mas una ventana permaneció abierta,
dejando en la estancia un poco de sol.
Guardé aquellas rosas junto a la ventana,
dejando que el alba cambiara su olor.
Y aunque no borrara la herida de antaño,
me enseñó que aún podía nacer una flor.

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