Me arranqué el corazón con manos de madrugada,
para que al fin el silencio dejara de hacer morada.
Pero siguió, implacable, latiendo en mi habitación,
como si el alma supiera volver sin mi corazón.
Lo sostuve entre los dedos, rojo de tanto querer,
quise enterrarlo en la sombra para olvidarme de ser.
Mas cada herida que abría cerraba con su calor:
nadie consigue arrancarse del todo el propio amor.

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