Llegué tarde a mi entierro,
ya cerraban el portón.
Me saludó el sepulturero:
«Pase, aún queda un rincón».
El cura perdió la prisa,
los dolientes, la emoción.
«Siempre igual», dijo una tía,
«ni difunto tiene puntualidad».
Vi mi caja ya esperando,
con un lazo y una flor.
Pedí perdón sonriendo:
«El tráfico… fue peor».

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