En el centro callado de la frente,
donde el ruido no llega ni se nombra,
duerme un ojo antiguo y transparente
tejido con la luz y con la sombra.
No mira el mundo en formas ni colores,
ni busca en lo visible su certeza.
Percibe lo que late sin rumores,
lo eterno que respira en la simpleza.
Se abre cuando el alma se hace río,
cuando el miedo se rinde en el silencio,
y el tiempo se disuelve, leve y frío,
como un eco que olvida su comienzo.
Entonces ve sin ojos ni mirada
los hilos invisibles de la vida,
la herida que también es la entrada,
la muerte que no es fin, sino partida.

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