Bajo el cielo limpio del mediodía,
tiendes la ropa con calma y porfía.
Una pinza aquí, sin prisa ni ruido,
otra allá, con gesto medido.
El viento murmura, quiere jugar,
pero tú sabes bien cómo dominar
ni mangas torcidas, ni orgullo al suelo,
todo en su sitio, con pulso y celo.
Y así, entre sábanas
que empiezan a danzar,
mantienes la compostura…
y el arte de colgar.


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