Extraño el pan dorado de la infancia,
el dulce olor que hablaba de consuelo,
sabores que en la boca eran fragancia,
y en la memoria suben como un vuelo.
El gusto de aquel café de la abuela,
amargo y tibio, como el buen adiós,
hoy vive en mi garganta y me desvela,
pues ya no sabe igual, aunque esté en dos.

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