En el ocaso del alma, donde yacen las promesas rotas,
se entretejen susurros de lamentos, penas en gotas.
Un jardín marchito de sueños deshechos,
donde el eco del amor se pierde entre desechos.
Promesas como cristales, frágiles al tocar,
se desmoronan en silencio, sin remedio al vagar.
Palabras que se lleva el viento, sin dejar rastro,
de un pacto roto, de un amor ya desgastado.
En el lienzo del tiempo, se dibuja el dolor,
cicatrices del alma que quedan sin flor.
Un paisaje de ausencia, un abismo de olvido,
donde las promesas rotas yacen en su nido.
¿Qué queda en el corazón cuando las promesas mueren?
Un eco amargo, un susurro que hiere.
Y en la oscuridad del alma, en la noche más fría,
se ahogan las promesas rotas, bajo la lluvia sombría.
Pero en el rincón más profundo, donde la esperanza aún mora,
brotan nuevas promesas, renacen auroras.
Porque en la fragilidad de lo humano, en el ciclo del amor,
las promesas rotas son solo el inicio, de un nuevo resplandor.

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