En el ocaso del alma, renuncia brota,
como el susurro de hojas en otoño,
en el silencio de un corazón que flota,
resuena el eco de un amor ya extraño.
Abandono dulce, pero amargo al fin,
cuando el destino cruza su puente frío,
y en la distancia, se desvanece el jazmín,
del sueño herido, en triste desafío.
Se marchita el cariño en el rosal marchito,
en la senda donde los recuerdos se esfuman,
se diluye el anhelo, se oculta el grito,
de un corazón cansado que se despluma.
La renuncia al amor, como un suspiro,
se desliza entre los labios sin vuelo,
en la danza de un adiós, sin retiro,
se desvanece el ardor, en duelo.
Mas en la renuncia, renace la fuerza,
de un alma que sabe dejar partir,
en el eco de una promesa dispersa,
hallar la libertad, y así vivir.
Así en la renuncia, florece el nuevo día,
entre las sombras del amor desvanecido,
y en el crepúsculo de una antigua melancolía,
renace el ser, con un nuevo sentido.

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