En un rincón de su alma, amarga pena, un hombre y su desdén por la jornada plena. Los días de descanso le pesan en el pecho, su corazón anhela el ritmo del barbecho.
Los viernes llegan como sombra incierta, anticipando un tiempo que no le concierta. El sábado se posa como un yugo pesado, cargando el alma de un odio anidado.
Los domingos, cual condena perpetua, son cadenas que atan su alma impoluta. El fin de semana, un calabozo infausto, donde el reo es él, de su propio desgusto.
Ve en cada ocio una pérdida insensata, un derroche de tiempo que la vida arrebata. Las risas ajenas son puñales afilados, hiriendo su ser, por dentro desgarrado.
El sol que brilla con esplendor radiante, en sus ojos refleja un desprecio constante. Los días de asueto son penitencia cruel, un suplicio eterno, un desvelo cruel.
Así transcurren los fines de semana, un tormento constante que el alma desgrana. Este hombre, prisionero de su propia amargura, anhela los días laborales con fervorosa ternura.
Quizás, tras la sombra de su descontento, se oculta una razón que su espíritu alimenta. Quizás, en el silencio de su profundo lamento, aguarda la esperanza de una vida más contenta.

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