Un espacio íntimo donde la palabra respira y el verso se vuelve refugio. Poesía personal para quienes aman las letras, las emociones sinceras y la belleza de lo escrito desde el alma.

Había una vez dos amigas gallegas, Marta y Elena, que decidieron pasar sus vacaciones de verano explorando el sur de España. Después de visitar varios lugares, decidieron aventurarse en la mística ciudad de Sevilla, conocida por sus estrechas calles empedradas y sus antiguos edificios que susurraban historias de siglos pasados.

Una tarde calurosa, Marta y Elena caminaban por el laberinto de callejones del Barrio de Santa Cruz, fascinadas por la arquitectura andaluza. Mientras se adentraban más y más en el corazón del barrio, notaron una puerta antigua de madera entreabierta. La curiosidad pudo más que el miedo, y decidieron entrar.

El lugar estaba oscuro, apenas iluminado por la tenue luz de las farolas afuera. A medida que avanzaban por un estrecho pasillo, sintieron que la temperatura descendía y el ambiente se volvía más denso. Marta y Elena compartieron una mirada nerviosa, pero ambas trataron de mantener la compostura.

De repente, una risa suave resonó en el pasillo, provocando un escalofrío en la espina dorsal de las chicas. No podían identificar la fuente, pero las risas parecían acercarse cada vez más. El miedo comenzó a apoderarse de ellas cuando se dieron cuenta de que no estaban solas.

Siguiendo las risas, Marta y Elena llegaron a una sala iluminada por velas, donde vieron sombras danzantes en las paredes. En el centro de la habitación, una figura encapuchada, con una capa larga que arrastraba por el suelo, se encontraba de pie. Era imposible distinguir su rostro.

La figura comenzó a murmurar palabras incomprensibles, y las velas parpadearon en respuesta. Las chicas, paralizadas por el terror, observaron cómo las sombras cobraban vida y se retorcían en formas extrañas. El ambiente estaba cargado de una energía ominosa que hacía que el aire se volviera pesado.

De repente, las velas se apagaron bruscamente, sumiendo la habitación en la oscuridad total. El silencio fue interrumpido por el sonido de pasos que se acercaban rápidamente hacia ellas. Marta y Elena, presas del pánico, salieron corriendo hacia la puerta entreabierta, pero esta se cerró con un estruendoso golpe justo antes de que pudieran escapar.

Atrapadas en la oscuridad, las chicas sentían que algo las rodeaba. Escuchaban susurros ininteligibles y sus nombres susurrados en el viento frío. De repente, la luz de las velas volvió, revelando que estaban solas otra vez en el estrecho pasillo.

Aterrorizadas, Marta y Elena salieron corriendo del edificio y nunca miraron hacia atrás. A medida que se alejaban del Barrio de Santa Cruz, el sonido de las risas y los murmullos se desvaneció en la distancia. Nunca pudieron explicar lo que vivieron esa noche, pero una cosa era segura: Sevilla guardaba secretos oscuros que preferían mantener ocultos.

2 respuestas

  1. Avatar de Irene

    ¡Uff! Menudo susto. Me encantó…y me asustó. Un abrazo.

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