En la penumbra de la noche profunda, donde las sombras danzan sin cesar, surge el miedo, fantasma sin tumba, un eco sutil que se empeña en gritar.
Susurros fríos, como hojas secas, se deslizan por callejones sombríos, tejiendo un tapiz de sombras y quejas, donde el miedo se enreda en sus hilos.
En el rincón más oscuro del alma, se oculta el temor, como bestia en la sombra, una mariposa oscura que se embalsama en el temblor de cada noche que asombra.
Los ojos del miedo, cual estrellas apagadas, reflejan la incertidumbre que se cierne, en la quietud de las horas desgastadas, se despiertan los temores que gobiernan.
Como un eco en el silencio tembloroso, el miedo murmura susurros de desvelo, entre los pliegues de un corazón medroso, se cierne la sombra, como un duelo.
Mas, ¿qué es el miedo sino un reflejo de la luz que aún no ha llegado? Una sombra efímera, un destello, que en la oscuridad queda sepultado.
Enfrentemos al miedo con valentía, desentrañemos sus hilos enredados, que la luz disipe la oscura agonía, y en la aurora, los temores sean olvidados.

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