El hombre miró a su alrededor con horror. Estaba en el infierno. El fuego era abrasador, el aire era tóxico y el olor a azufre era insoportable.
No podía creer que esto le estuviera pasando. Había sido un buen hombre en su vida. Había ayudado a los demás, había sido amable y generoso. ¿Por qué estaba aquí?
De repente, un demonio se le acercó. Era una criatura horrible, con cuernos y cola.
«¿Qué estás haciendo aquí?», le preguntó el demonio.
«No lo sé», respondió el hombre. «Me dijeron que era un buen hombre. ¿Por qué estoy aquí?»
«Porque no creíste en Dios», dijo el demonio. «Porque no seguiste sus mandamientos. Por eso estás aquí, para sufrir por toda la eternidad».
El hombre sintió un terror indescriptible. ¿Cómo podía ser esto? ¿Cómo podía haber terminado en un lugar tan horrible?
De repente, sintió un dolor agudo en su cuerpo. El fuego se estaba apoderando de él. El hombre gritó de dolor.
«¡Ayúdame!», gritó. «¡Por favor, ayúdame!»
Pero nadie le escuchó. Estaba solo, abandonado a su suerte.
El hombre siguió gritando, pero el dolor no cesaba. El fuego lo consumía, lentamente pero inexorablemente.
Finalmente, el hombre perdió el conocimiento. Cuando despertó, estaba en un lugar diferente. Era un lugar tranquilo y hermoso, lleno de luz y amor.
«¿Dónde estoy?», preguntó el hombre.
«Estás en el paraíso», le respondió una voz.
El hombre se volvió y vio a un hombre anciano parado frente a él. El anciano tenía una sonrisa amable en su rostro.
«Soy Dios», dijo el anciano. «He venido a llevarte a casa».
El hombre se sintió aliviado. Finalmente, estaba a salvo.
Dios tomó la mano del hombre y lo condujo al paraíso. El hombre miró hacia atrás, y vio que el infierno había desaparecido.

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