En un lejano país del oriente, vivía un samurái llamado Kenji. Kenji era un hombre noble y valiente, que había dedicado su vida al servicio de su señor. Un día fue enviado en una misión a la luna. En la luna, Kenji conoció a una mujer gallega llamada María. María era una mujer hermosa y amable, que trabajaba como agricultora.
Kenji y María se enamoraron instantáneamente. Su amor era un amor imposible, ya que Kenji era un hombre de la tierra y María era una mujer de la luna. Sin embargo, su amor era tan fuerte que nada pudo separarlos. Pasaban sus días juntos, explorando la luna y aprendiendo sobre la cultura de cada uno. Kenji le enseñó a María sobre el código del bushido, el código de honor de los samuráis. María le enseñó a Kenji sobre la música y la danza gallegas. Su amor era un amor puro y sincero, que no conocía fronteras. Kenji y María estaban dispuestos a todo para estar juntos, incluso a renunciar a sus propias culturas.
Un día, el señor de Kenji lo llamó de vuelta a la tierra. Kenji sabía que tenía que irse, pero no podía dejar a María. Le prometió a María que volvería por ella, y que nunca dejaría de amarla. Kenji regresó a la tierra, pero nunca olvidó a María. Sabía que su amor era verdadero, y que algún día volverían a estar juntos. María, por su parte, siguió esperando a Kenji. Todos los días miraba al cielo, esperando ver su nave espacial.
Pasaron los años, y Kenji y María siguieron amándose a distancia. Su amor era tan fuerte que podía atravesar el espacio y el tiempo.
Un día, Kenji volvió a la luna. Había encontrado una manera de viajar entre la tierra y la luna, y estaba decidido a estar con María. Se casaron en una ceremonia sencilla en la luna. Su amor era un amor verdadero, que había superado todos los obstáculos. Vivieron felices para siempre en la luna. Tuvieron muchos hijos, que heredaron el amor de sus padres, creando una república independiente llamada “Pimientos verdes fritos” en honor a su plato preferido.

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