Oscar trabaja en un cementerio, es enterrador. Tiene una pala con nombre, le llama la “Nati” y la tiene bien barnizada por su mango de madera y la pule cuando ve en ella algún deterioro de tanto meterla en la tierra, es su niña bonita y nunca se le ve por el cementerio sin ella, las malas lenguas dicen que habla con ella pero son chismes que a el no le importa pues vive en su mundo abstraído del resto de los vivos, lo suyo son los muertos y se sabe la historia de cada uno de ellos.
Lo que mas le tranquiliza a Oscar es comer en el cementerio, se lleva una mochila con su bocata de tortilla francesa con queso, una cerveza de litro y se sienta en una de sus tumbas preferidas, allí entre bocado y bocado habla con los restos de quien se encuentra bajo sus posaderas y le cuenta a quien a enterrado ese día, si era una mala o buena persona, si deja viuda e hijos o viceversa y se ríe o se pone melancólico según va apurando la cerveza. Luego limpia el suelo se levanta llevándose las manos a la espalda como un ritual diario, mira al cielo y dice en alto “señor cuando me llevaras a mi y a estos callos de mis manos” y se va a confesarse, su necesidad de estar en paz en un lugar sagrado es para él como dormir.
Oscar no quiere parienta, mujer, chica, novia, chorvi, de todos los modos como se lo digan dice que una señora en su vida distraería su labor con el pueblo de los muertos y a pesar de tener una buena planta y de no fallarle candidatas que le gustan su rollo el prefiere ir a desahogarse a una casa de trabajadoras por cuenta propia de la salud sexual del cuerpo, para el no existen las prostitutas como tal las conoce la sociedad y a pesar de que se deja parte de sus ridículo sueldo a nadie le amarga un dulce.
Hoy Oscar no atendió dos funerales, las murmuraciones se fueron llenando hasta los insultos y la ira, como nunca había faltado a un entierro a la gente eso le pareció no solo raro y extraño sino que sin saber bien lo sucedido hasta les parecía desconsiderado y molesto. Y llego la excitación de asistentes y del cura y como en una caza de brujas todos fueron a la pequeña casa en una esquina del cementerio en su búsqueda, puños en alto, caras de enfado, aporreando su puerta, gritando su nombre sin resultados. El cura saco una copia de debajo de la sotana de la llave de la puerta y entraron en tropel como zombis buscando cerebros hasta que llegaron a la habitación, allí estaba Oscar tumbado en posición fetal abrazado a su pala, tieso, frío, sin vida. Todos se quedaron mudos agacharon las cabezas y el cura mando salir a todo el mundo, en la mesilla había una botella vacía, dos euros y una nota que llevaba escrita desde hace mucho tiempo que decía:
“Yo sabia que este día llegaría enterrarme con la Nati”
El cura cogió la pala vio que aún quedaban rescoldos calientes de leña en la chimenea y la tiro dentro.

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