El humo de la pequeña hoguera era una balada celta, donde tus manos echando leña al fuego eran una melodía agradable en el entrar de la madrugada, tu voz cantaba romances legados de generación en generación, de viejos pueblos del Norte, de las brujas atrapadas en el tiempo por los caminos de la aldea, de los rituales que llenaban nuestro alma, nos unía a nuestras raíces y me besaste.
Te quitaste la ropa y arrancaste la mía en una brisa, un rayo fugaz en una chispa ardiente revoloteando entre nuestras figuras, el deseo embriagado por tus cánticos, conjuros de secuencias sonoras que hacían de tu corazón un volcán lleno de deseo, de lujuria, de sed de fusionarte en mi y de que yo me dejase la juventud que me quedaba en tus adentros.
Y me hiciste el amor entregada a la naturaleza que nos rodeaba, envueltos en el misterio de no temerle a la vergüenza, de no importarnos el que dirán o que harán cuando nos vean, embrujados, cometiendo en la carne los pecados de los hombres, llamando a cada orgasmo por su nombre, devolviendo los fluidos perdidos a su verdadero dueño entre el cielo y el suelo.
Cansados marcando la línea del amanecer en el claro del bosque te recoges, me regalas una mirada de agradecimiento por una noche única para los dos, para el tiempo de nuestros días, quizás incluso para los siglos venideros y tal como un beso nos hizo amarnos otro beso nos dejaba a ambos lejos, dentro de la burbuja de un espacio incomprendido, rastro de nuestro ADN, de viejas brujas, brujos, duendes y leyendas celtas.

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