De rodillas reza en calma,
la penumbra la arrodilla,
hay un temblor en su alma,
y un silencio que la abrilla.
Sus manos piden consuelo,
sus ojos buscan perdón,
en su pecho arde un anhelo,
como un eco de oración.
La luna entra por la herida,
de la ventana entreabierta,
y en su rostro, la rendida,
lleva el alma descubierta.

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