¡Oh juventud, relámpago dorado,
fugaz dechado de fulgor y canto,
que huyes del alma como incierto encanto
por los claustros del tiempo desgajado!
¿Qué queda de tu lustre? Un eco helado,
un rastro en la ceniza del quebranto,
un ruiseñor ahogado en su propio llanto,
y un reloj sin latido, sepultado.
Tanto ardor en cenizas convertido,
tanta flor en abismo disuelta,
tanto júbilo en sombra corrompido.
Que el alma, de su gloria desenvuelta,
llora en cristal, con rostro confundido,
un millón de tristezas, una a una suelta.
¿Qué fue del pulso ardiente, la alborada
de carnes tersas y de risas plenas?
Hoy son polvo que al viento se desgrana,
ceniza en danza, en miserables venas.
¡Vanidad de la rosa, breve nada,
que al sol se ufana y en la noche es pena!
Tal juventud, flor en fatal cadena,
en cada lágrima su faz helada.
Así, ceñido en lágrimas el pecho,
el hombre llora el oro ya perdido,
el alba que no vuelve ni su lecho.
Pues todo en llanto queda sumergido:
y en cada gota, un sueño deshecho,
y en cada sombra, un ángel despedido.

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