En el espejo se asoma el asombro,
curva tras curva, nada es al hombro.
Un bocado más, festín sin fin,
y el pantalón ya no entra al jardín.
De noche el cuerpo susurra lento,
«¡No más postres, ni un movimiento!».
Pero el antojo, rey sin razón,
sella su reino en mi pantalón.
Grasa que llega sin invitación,
se queda a gusto en cada rincón.
Un día era músculo y motor,
hoy sólo queda un suave rumor.

Deja un comentario