Ah, la Semana Santa. Esa gloriosa semana en la que España se divide entre los que procesionan con fervor y los que procesionan hacia la playa. Pero hay algo que une a todos: el arte nacional del derroche. Porque si hay algo más grande que Dios en este país, es la capacidad patria de gastar a lo bestia… y luego quejarse de la deuda pública.
La Semana Santa no es solo una manifestación de fe, ¡no, señores! Es un despliegue económico digno de una película de Marvel: túnicas bordadas con hilo de oro, pasos cargados con más metales preciosos que la reserva del Banco de España, incienso importado de tierras exóticas y una logística que haría llorar de envidia al Pentágono. Todo para que un grupo de penitentes voluntarios se pasee sudando bajo toneladas de madera sagrada mientras un pueblo emocionado grita «¡Guapo!» a una estatua.
Y no olvidemos a las cofradías, esos pequeños ministerios del derroche local. Gestionan presupuestos que ya los querrían algunos ayuntamientos, todo para asegurarse de que el paso de este año brille más que el del año pasado y que la banda toque con más decibelios que un festival de reguetón. ¡Viva el arte sacro y viva la libre competencia entre barrios!
Ahora bien, pongamos un poco de contexto liberal. ¿Qué hay más libre que una sociedad que elige en qué tirar su dinero? Aquí nadie obliga a nadie. El mercado manda y el pueblo español, tan amante de su libertad, ha elegido: mejor gastarse el dinero en tronos barrocos que en infraestructuras públicas o educación. ¿A quién le importa el déficit si el palio reluce como el oro de Moscú?
Y desde el punto de vista nacionalista —del de verdad, del castizo, no del importado— ¿qué hay más español que una buena procesión? Eso no lo tiene Francia, ni Alemania, ni siquiera los suecos, esos que van en bicicleta y no saben lo que es una saeta desgarrada a las tres de la mañana. ¡Ni idea de cultura ni de economía emocional tienen! Mientras ellos invierten en tecnología y bienestar social, nosotros invertimos en lo que importa: emoción, identidad, tradición… y banderitas, muchas banderitas.
Además, ¿acaso no es el turismo nuestro principal motor económico? ¡Pues bendito sea el derroche si eso atrae a hordas de guiris a fotografiar capirotes y a consumir torrijas a precio de oro! Esto es la economía de mercado llevada al altar. La devoción se convierte en producto, la fe en experiencia inmersiva, y la Semana Santa en una especie de Disneylandia mística con olor a cera y empanadilla.
Así que, en resumen: derrochar en Semana Santa no es solo una tradición, es un acto patriótico. Es el libre mercado en procesión. Es España elevando su espíritu… y bajando su cuenta corriente. Pero con estilo, con pasión, y con un tambor retumbando en el alma.
Porque, al fin y al cabo, ¿qué somos los españoles si no unos románticos del gasto emocional y unos genios del despilfarro devoto?

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