Un espacio íntimo donde la palabra respira y el verso se vuelve refugio. Poesía personal para quienes aman las letras, las emociones sinceras y la belleza de lo escrito desde el alma.

En una ciudad desconocida, donde los límites entre lo real y lo surreal se desdibujaban, un hombre entró en un pequeño bar de esquina, en un barrio tranquilo pero algo extraño. Su aspecto era peculiar: tenía ojos grandes, redondeados y brillantes, como los de un pez. Al mirarlo, sus pupilas se movían inquietas, casi nadando en su propia mirada. Nadie sabía de dónde venía, ni cómo había llegado, pero eso no parecía importar mucho en ese bar, donde lo raro y lo maravilloso eran la norma.

El lugar estaba vacío, salvo por un camarero anciano que parecía más una sombra que una persona. El hombre de los ojos de pez se sentó en una mesa junto a la ventana y pidió un café. El camarero, con una sonrisa que no llegaba a sus ojos, le entregó una taza humeante y un croissant, algo inusual, pero el hombre no pensó en nada más que en sumergirse en su bebida reconfortante.

El croissant, perfectamente dorado y en apariencia inofensivo, tenía una peculiar forma: su masa se curvaba y moldeaba en una figura extraña, la de una vaca. Era tan realista que el hombre pensó por un momento que quizás estaba soñando. Sin embargo, antes de que pudiera analizar más, algo comenzó a suceder.

La vaca de masa, que estaba sobre el plato como si fuera una escultura, comenzó a moverse. Lentamente, sus ojos de azúcar brillaron con un destello extraño y, con un crujido de masa, la figura cobró vida. La vaca, aunque hecha de croissant, se levantó y, en un abrir y cerrar de ojos, saltó con sorprendente agilidad hacia el hombre. La sorpresa se reflejó en sus ojos de pez, pero no pudo reaccionar a tiempo.

La vaca croissant abrió su boca de mantequilla, que se estiraba de manera grotesca, y se abalanzó sobre el humano. En un parpadeo, el hombre desapareció entre las capas de hojaldre crujiente, como si hubiera sido absorbido por el mismo croissant que había estado comiendo. Solo quedaban restos de café derramado en la mesa y migas dispersas del extraño ataque.

El camarero, que había observado la escena con total calma, suspiró y secó una copa. En un susurro apenas audible, dijo para sí mismo: “Eso siempre pasa cuando alguien no termina su desayuno.”

Y mientras la lluvia comenzó a caer suavemente sobre la ciudad, el bar volvió a quedar en silencio, como si nada hubiera ocurrido.

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