Le pediste que fuera montaña,
que alzara el mundo sobre sus hombros,
que no temiera el viento ni el frío
y enfrentara sola los ecos hondos.
La cargaste de sueños y metas,
de expectativas como cadenas de hierro,
una carga de “tienes que ser”
que poco a poco desgarró su suelo.
Y empezó a doblarse, a crujir despacio,
sus manos temblaron, sus pies flaquearon,
pero tus palabras pesaban más fuerte
y en silencio, ella aguantaba el daño.
«¿Por qué no sonríes?», decías de lejos,
sin notar la sombra en sus ojos grises,
«¿Por qué no puedes dar un poco más?»
sin ver cómo su alma en sí misma se eclipsa.
Cada gramo de tus exigencias
se volvió un ladrillo en su muro invisible,
y mientras tú buscabas que fuera fuerte,
ella se volvía más frágil, menos libre.
Y ahora que la miras, rota en pedazos,
te preguntas cuándo perdió el brillo,
sin entender que fue tu apremio constante
lo que apagó en ella su fuego sencillo.
Porque a veces, el peso de nuestras demandas
rompe las alas que aún no están listas,
y la montaña que quisiste crear
no era roca, sino alguien que existía,
con el derecho de ser
sin tener que cargar tu expectativa.

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