El corazón se adicta a sus latidos,
a los sueños que nunca sucedieron,
al eco de unos labios prohibidos,
y a los besos que se desvanecieron.
Se aferra a la memoria del instante,
aunque duela y no tenga salvación,
porque el amor, como un fuego errante,
se quema entre las llamas del perdón.
El corazón adicto siempre llora,
por lo que tuvo y lo que pudo ser,
y aunque le arranque la paz de cada aurora,
vuelve a caer, sin poderlo detener.

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