En la penumbra de mi habitación
hay un espejo que murmura,
su reflejo no es el mío,
sino un abismo que me devora.
Los bordes de la luna se difuminan
en el cristal, como sueños rotos,
mi sombra se quiebra en mil fragmentos
y cada uno me observa, en silencio.
Quiero escapar, pero el espejo me sigue,
como un vigilante de mis pensamientos,
torcidos y fríos, danzan en su brillo,
me envuelven en un eco sin fin.
El reflejo me llama, me tienta,
pero no es mi voz la que escucho,
es otra, oscura, lejana,
una que conoce el caos de mi mente.
El cuarto se achica, se dobla,
la luz parpadea, se vuelve niebla,
y en el espejo ya no estoy yo,
solo una figura que ríe en mi lugar.
¿Soy yo o el espejo quien sueña?
¿O acaso somos uno, entrelazados?
La psicosis se filtra como una sombra,
y me pierdo, me hundo,
en el cristal quebrado de la razón.

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