Una mujer se acerca, en silencio, despacio,
como un susurro de viento, un rayo de sol,
la puerta se abre y el mundo en un trazo
se pinta de oro, de plata, de amor.
Sus ojos, dos cielos en el ocaso,
brillan con luces que nunca se van,
y en su andar suave, un paso tras paso,
la tierra despierta y el tiempo se aplan.
Su cabello es un río de sombras y fuego,
que cae con gracia sobre su piel de marfil,
y en cada hebra, un secreto, un ruego,
un eco de vida, un suspiro sutil.
La puerta se cierra, la noche se arropa,
el aire se llena de un dulce rumor,
y en su presencia, el espacio se colma
de paz infinita, de eterno fulgor.
Es ella la musa, la esencia, la aurora,
la que en un paso transforma el lugar,
la hermosa mujer que entrando decora
el mundo de sueños, de magia y de azar.

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