En las honduras del alma, un misterio escondido,
se agitan los sentimientos, en un mar sin final,
olas de emociones, en un vaivén sostenido,
que susurran secretos en su idioma ancestral.
Un suspiro profundo, un eco en la nada,
refleja el anhelo de un corazón herido,
buscando en la sombra, la luz esperada,
un consuelo en la tormenta, un amor renacido.
La tristeza se asoma, con su manto de niebla,
tejiendo silencios en la penumbra oscura,
pero dentro del pecho, una esperanza se ciega,
luchando por vivir.
El amor es un fuego, que arde sin medida,
un latido constante, en su ritmo voraz,
llena cada rincón, cada grieta y herida,
con un brillo eterno, en su danza tenaz.
El miedo, un espectro, que acecha callado,
susurra en la noche, sembrando inquietud,
pero la valentía, en su abrazo dorado,
enfrenta los fantasmas con serena actitud.
La alegría, un torrente de luz y colores,
que inunda el ser, con su canto vital,
como un jardín en flor, lleno de olores,
expandiendo la vida en un acto total.
La nostalgia, un río de recuerdos vividos,
fluye con calma, hacia tiempos pasados,
rememorando rostros, lugares queridos,
ecos de momentos, que nunca han dejado.
En el abismo del alma, los sentimientos se entrelazan,
tejiendo un tapiz de infinita profundidad,
son la esencia de lo humano, que jamás se desbastan,
un reflejo del ser, en toda su verdad.
Así, en el alma, los sentimientos se funden,
formando un todo, en su rica variedad,
son el pulso de la vida, que siempre se expande,
un canto eterno, a la humanidad.

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