Sobre el vasto azul del Atlántico inmenso,
una gaviota vuela, en danza sin peso.
Sus alas cortan el aire con destreza,
en armonía pura, en suave ligereza.
El viento susurra secretos antiguos,
canta leyendas de barcos perdidos.
La gaviota, testigo del tiempo y la mar,
navega los cielos, libre de vagar.
El sol acaricia su plumaje blanco,
como pincel dorado, en cada flanco.
Reflejos de oro en las olas brillan,
ecos de un cielo que al mar se encariñan.
Ella desciende, rozando la espuma,
en un vals eterno con la brisa y la bruma.
El Atlántico ruge, profundo y sereno,
cuna de sueños y misterios terrenos.
Los ojos del ave, espejos del cielo,
ven más allá del horizonte en velo.
Surca los vientos, guardiana del aire,
en un vuelo eterno, en un viaje sin nadie.
El ocaso la envuelve en tonos de fuego,
y la noche la arropa en su manto negro.
La gaviota se pierde, un punto en la nada,
desaparece en la línea, de agua y alborada.
Sobre el Atlántico, vasto y misterioso,
vuela la gaviota, en un sueño precioso.
Libertad en sus alas, historia en su vuelo,
un canto perpetuo al mar y al cielo.

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