Hoy, quiero compartir contigo una parte de mi vida que a menudo mantengo oculta, pero que siento la necesidad de expresar para aligerar mi carga emocional. Vivir con una enfermedad degenerativa que produce un dolor constante y abrumador es una experiencia difícil de describir con palabras.
Desde el momento en que fui diagnosticado, supe que mi vida cambiaría de manera irrevocable. Cada día se ha convertido en una batalla contra un enemigo invisible que se manifiesta en forma de dolor constante. Hay mañanas en las que levantarme de la cama parece una tarea titánica, y noches en las que el sueño es un lujo inalcanzable debido a las punzadas persistentes que recorren mi cuerpo.
El dolor físico es una constante que no me abandona. Es como si una sombra oscura se hubiese instalado en mi ser, apoderándose de mi vitalidad y energía. Las actividades cotidianas que antes realizaba con facilidad ahora requieren un esfuerzo monumental. Caminar, sentarme, incluso respirar profundamente, son actos que desencadenan olas de dolor que me dejan exhausto.
Pero el dolor físico es solo una parte de esta lucha. La carga emocional es igualmente pesada. A menudo me siento aislado, como si estuviera atrapado en un mundo donde nadie más puede comprender plenamente lo que estoy viviendo. Aunque sé que mis seres queridos intentan apoyarme, hay momentos en los que la sensación de soledad es abrumadora. La tristeza y la frustración se convierten en compañeros constantes, alimentados por la impotencia de no poder llevar una vida «normal».
Los tratamientos y las medicinas ayudan a mitigar el dolor en cierta medida, pero no pueden borrarlo por completo. Además, los efectos secundarios y las visitas constantes al médico añaden otra capa de dificultad a una existencia ya complicada. Cada nuevo síntoma o empeoramiento trae consigo una nueva ola de incertidumbre y temor.
A pesar de todo esto, trato de encontrar momentos de esperanza y alegría. Aprecio los días en los que el dolor cede un poco y me permite disfrutar de pequeñas cosas: una conversación con un amigo, un paseo por el parque, o simplemente la calma de un día sin demasiada agitación. Estos momentos son los que me dan la fuerza para seguir adelante, a pesar de la oscuridad que a veces parece interminable.
Escribir me ha permitido liberar una parte del peso que llevo. Saber que alguien está dispuesto a escuchar y comprender, aunque sea en parte, lo que estoy pasando, me brinda un consuelo inmenso. Gracias por tomarte el tiempo de leer estas palabras y por tu apoyo incondicional.
Con cariño y gratitud os mando un abrazo enorme.

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