En lo profundo del ojo, donde la luz se esconde,
acecha una bacteria, pequeña y traicionera.
Con flagelos veloces y un cuerpo sin forma,
se infiltra en la córnea, sembrando su miseria.
Al principio, un cosquilleo, una leve molestia,
un aviso fugaz de la tormenta que viene.
Luego, la vista se nubla, la luz se vuelve espesa,
y el miedo se apodera, como una oscura cadena.
La bacteria avanza, sin piedad ni clemencia,
devorando la retina, robando la visión.
El mundo se convierte en sombras y tinieblas,
en un laberinto negro sin ninguna salida.

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