En la noche callada, un gemido se escucha,
un llanto desgarrador que el alma rasguña.
Son gritos de terror, de miedo sin nombre,
que surgen de las sombras, de un abismo sin fondo.
Un eco lastimado que rebota en las paredes,
un lamento angustioso que a nadie convence.
Las puertas se estremecen, las ventanas se agitan,
como si un ser maligno quisiera irrumpir sin permiso.
Los corazones laten con ritmo acelerado,
la piel se eriza, el cuerpo se siente helado.
Los ojos se abren grandes, buscando en la oscuridad,
la fuente de ese horror que invade la habitación.
Son gritos de agonía, de dolor sin consuelo,
de un alma que se enfrenta a su más cruel destino.
Suplican por ayuda, por un poco de luz,
pero solo encuentran silencio, una noche sin cruz.
Los gritos se intensifican, se vuelven más salvajes,
como si una bestia feroz luchara por sus salvajes.
Y de repente, un silencio abrumador se apodera,
dejando solo el eco de un miedo que ya no se altera.
Las tinieblas se tragan la última súplica,
y la incertidumbre reina en la mente que se complica.
¿Qué horror se esconde tras esos gritos de terror?
¿Qué secretos tenebrosos guarda la noche en su interior?
La mente se llena de imágenes macabras,
de espectros y demonios que acechan en las sombras.
El miedo se convierte en un compañero inseparable,
que susurra en el oído historias de un final lamentable.

Deja un comentario