Un espacio íntimo donde la palabra respira y el verso se vuelve refugio. Poesía personal para quienes aman las letras, las emociones sinceras y la belleza de lo escrito desde el alma.

En el espejo, reflejo de la juventud,
se dibuja un paisaje de inquietud.
Entre la piel, un tumulto sin piedad,
el acné surge, causa de ansiedad.

Pequeñas erupciones, como lunares de dolor,
se asoman en la faz, un incómodo ardor.
Rostro marcado por la lucha constante,
un malestar que eclipsa la belleza elegante.

En el espejo, se refleja la batalla,
donde cada espinilla es una valla.
El acné, cual tormenta en la piel,
deja marcas profundas, un amargo laurel.

El espejo se vuelve testigo mudo,
del malestar que embarga cada segundo.
Joven piel, en proceso de florecer,
se enfrenta al acné, difícil de entender.

En la búsqueda de la piel serena,
se aplican ungüentos, como condena.
El rostro, un lienzo de imperfecciones,
una danza con complejas direcciones.

Pero en este trance, no todo es pesar,
la aceptación se alza, como un susurrar.
La belleza va más allá de la piel,
es la luz interior, el verdadero laurel.

Aunque el acné cause tormento y aflicción,
la esencia del ser brilla con intensión.
En el espejo, se refleja la fortaleza,
de aquel que abraza su propia belleza.

Así, en la lucha contra el malestar,
se forja un espíritu capaz de brillar.
El acné, cual capítulo transitorio,
no define la belleza, ni el destino.

En el espejo, la verdad se revela,
la belleza auténtica nunca desvela.
El malestar del acné, como una lección,
nos enseña a amar con mayor devoción.

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