En las calles frías, donde el viento susurra, se encuentran almas errantes, sin rumbo ni abrigo, personas sin hogar, en la sombra oscura, buscando esperanza en cada paso perdido.
Sus ojos reflejan historias silenciadas, caminantes invisibles, en la ciudad olvidada, sueños desgastados, como sombras desgarradas, en el eco del silencio, su voz callada.
Bajo el manto de la luna, duermen en bancos de concreto, susurran al viento sus anhelos incompletos, en cada callejón, un rincón discreto, donde el desamparo se torna su secreto.
Sus manos, temblorosas, buscan calor, en noches gélidas, bajo el cielo sin pudor, la sociedad apresurada ignora su dolor, mientras el frío penetra su ser, sin decoro.
Entre cartones y sombras, encuentran refugio, se convierten en poemas olvidados, sin abrigo, sus vidas narran la lucha, un constante castigo, en las esquinas del olvido, escriben su destino.
Oh, sociedad indiferente, despierta del letargo, mira a los invisibles, no los dejes en amargo, tejen sus días con hilos de esperanza en su aro, bríndales luz, en este oscuro descargo.
Las calles son testigos de su resistencia, historias de valentía, en su existencia, un poema silente, sin pompa ni opulencia, en el corazón de la ciudad, su supervivencia.
Que florezcan puentes de compasión y empatía, que la indiferencia se desvanezca, día tras día, pues cada alma sin hogar, en la penumbra vacía, es un llamado a la humanidad, una poesía.

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