Un espacio íntimo donde la palabra respira y el verso se vuelve refugio. Poesía personal para quienes aman las letras, las emociones sinceras y la belleza de lo escrito desde el alma.

En las aulas bulliciosas del saber, donde jóvenes mentes buscan entender, se escucha el murmullo, la queja en el aire, adolescentes que al infierno comparan.

En bancos de pupitres, ansias despiertan, susurran secretos que a veces inciertan. «Clases son infierno», proclaman con ímpetu, mientras la tiza traza caminos de tribulación.

En la selva de apuntes, libros y tarea, se despliega la lucha, la batalla sincera. Entre fórmulas y versos, en un juego sutil, los adolescentes exploran su propio perfil.

Los exámenes, monstruos que asustan, sus sombras se ciernen, la calma robusta. Pero en cada suspiro, en cada quebranto, reside la fuerza, el valor del encanto.

Son mariposas rebeldes, anhelos en vuelo, con sueños que laten, con ímpetu de acero. Aunque las clases parezcan tormento, es en ese desafío, en su aprendizaje lento.

En el crisol del aula, forjan su esencia, descubren la vida, sin más resistencia. El infierno, quizás, es solo un reflejo, de la pasión ardiente que anida en su pecho.

En el tumulto juvenil, brotan las risas, entre letras y números, se tejen las brisas. Los adolescentes, en su rebelde danza, descubren el arte que en cada clase avanza.

Así, entre libros y apuntes que adornan, la juventud despierta, sus alas ahondan. El infierno de las aulas se desvanece, pues en cada lección, un universo florece.

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