En el vasto desierto de las emociones, donde el sol abrasador quema pasiones, inicia un viaje, largo y sin final, por dunas de amor y un cielo nupcial.
Bajo el cielo ardiente de la incertidumbre, caminamos juntos, en busca de la cumbre. La arena, testigo de lágrimas caídas, susurra secretos de almas heridas.
El viento, mensajero de suspiros callados, nos empuja adelante, hacia destinos marcados. En cada oasis, una ilusión florece, mientras el corazón su propio destino teje.
Los cactus espinosos, amores dolorosos, se alzan con fuerza en terrenos peligrosos. Pero el viaje persiste, sin detenerse, porque en la travesía, el alma renace.
Las noches estrelladas, cómplices silentes, observan nuestras almas, viajantes persistentes. En la penumbra, descubrimos verdades ocultas, entre sombras, se revelan las culpas.
El eco del silencio resuena en la distancia, mientras buscamos la paz con esperanza. En este desierto, donde las emociones son arena, forjamos fortaleza, y el amor se envenena.
Pero en la inmensidad del desierto interminable, descubrimos la fuerza que es inquebrantable. El viaje por las emociones, largo y desafiante, nos transforma, nos moldea, nos hace amantes.
En cada huella dejada en la arena ardiente, quedan memorias de un viaje persistente. Y al final del desierto, donde se abra el corazón, encontramos el oasis de una nueva canción.

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