En el oscuro rincón de la agonía, donde el fentanilo teje su letanía, se entrelazan desgracias con dolor, un canto triste que eclipsa el fulgor.
En su abrazo mortal, la sombra se cierne, la vida se desvanece, la luz se terne. Fentanilo, cruel en tu dulce engaño, siembra desolación como un extraño.
Envenenando sueños, el suspiro pesa, una danza mortífera que no cesa. Sus garras, invisibles, devoran la esperanza, una trágica danza, una lúgubre danza.
Atrapa al inocente en su maraña, una telaraña tejida con saña. El dulce alivio se convierte en condena, un pacto sin retorno que el alma envenena.
Oh, fentanilo, cántico de lamento, tu seducción es un cruel tormento. Arrastras vidas hacia el abismo, un sendero sombrío, un oscuro abismo.
En la triste melodía de la adicción, se desgranan historias de perdición. El fentanilo, maestro de desdichas, siembra lágrimas en las almas ricas.
Que la conciencia despierte ante tu maldición, que la sociedad te aleje, sin compasión. Que en la lucha contra tu abrazo mortal, se encuentre la fuerza para resistir tu mal.
Porque en cada desgracia, en cada lamento, se vislumbra la esperanza, el renacimiento. Que el poema sea un grito de resistencia, contra el fentanilo, fuente de la decadencia.

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