En la vasta sinfonía del tiempo y la mente, un eco sombrío resuena, sutil y latente. La demencia, cruel danza de la memoria, roba susurros del ayer, desvanece la historia.
En el rincón del olvido, danzan los recuerdos, como hojas que caen, se desvanecen en misterios. El reloj se enreda en madejas de confusión, tejiendo sombras en la trama de la razón.
En el jardín del pensamiento, flores marchitas, se despliegan en el alma, donde el amor habita. El tiempo, un ladrón silente, se lleva los nombres, de seres amados, en olas de niebla y renombres.
Los ojos, ventanas del alma, ahora en neblina, reflejan un cielo de memorias desdibujadas. En laberintos mentales, se pierde la orientación, caminando descalzos sobre pétalos de desazón.
Los suspiros son versos que se pierden en el viento, melodías rotas, un lamento en cada momento. ¿Dónde reposa la esencia de aquel ser querido? En el eco de risas perdidas, en el tiempo rendido.
En el silencio de la demencia, brota la compasión, un canto melancólico, una paleta de emoción. Los lazos del amor, aún resplandecen en la penumbra, aunque la mente se pierda, el alma nunca zozobra.
Así danza la demencia, en su cruel melodía, en la partitura del olvido, en la memoria vacía. Pero en la profundidad del ser, queda la luz, la eterna conexión que ninguna niebla seduzca.
Oh, demencia, en tu danza despiadada y fría, aún hay poesía en la esencia que no se olvida. En el corazón de la tiniebla, persiste el calor, un amor eterno que trasciende al temblor.
Que en cada crepúsculo, en la mente perdida, brille la esperanza, la luz nunca extinguida. Porque en la poesía de la demencia y el adiós, florece el amor, inmortal, entre susurros y velos

Deja un comentario