En el crepúsculo de la vida, en el umbral del tiempo, emprendí un viaje sin rumbo, un destino incierto. Caminante errante, en el alma un lamento, buscando en cada paso, un sentido abierto.
Bajo el cielo estrellado, mi brújula es el viento, siguiendo sus susurros, en un andar lento. Caminos sin señales, senderos sin designio, en la penumbra encuentro mi propio camino.
Atravesando montañas y ríos serpenteantes, mis huellas se entrelazan con sueños fragantes. En el vaivén del tiempo, soy un nómada errante, tejiendo memorias en el lienzo del instante.
En la danza de sombras que la Luna proyecta, descubro en lo incierto la esencia que inquieta. Sin brújula ni mapa, sin meta que sujeta, exploro la incertidumbre, mi eterna coqueta.
Atravesando praderas y bosques silentes, siento la libertad en susurros latentes. El corazón, un faro que guía mis andantes, en el eco del silencio, resonando amantes.
Las estrellas en el cielo, testigos de mi deriva, en este viaje sin destino, mi alma revive. Pisadas en la arena del tiempo efímero, donde el destino es un cuento, un misterio.

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