En el trono de la vida, un suspiro real, donde el tiempo danza en su eterno portal. El monarca del destino, en su decisión, abdicando el manto de su posesión.
Cede el poder como hojas al viento, un acto noble, sincero, sin lamento. Corona que pesa sobre sienes cansadas, se desprende con gracia, sin miradas.
En el crepúsculo de un reinado dorado, la abdicación es un verso delicado. Palabras susurradas al anochecer, como un secreto que el alma quiere entender.
El trono, testigo de épicas jornadas, resuena con ecos de decisiones marcadas. Pero el soberano, con humildad serena, abandona la corona, su carga plena.
En el crepitar de antorchas apagadas, se teje la historia de gestas pasadas. El regio cetro, en manos temblorosas, se entrega al destino, cual hoja hermosa.
Y así, la abdicación, noble y sabia, es un canto suave en la melancolía. El monarca, ahora un simple mortal, se sumerge en la vida, su propio caudal.
En el corazón del reino, un nuevo comienzo, donde el legado florece como un buen vino. La abdicación, no un final, sino un puente, hacia horizontes nuevos, un viaje latente.

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