En el bullicio de la jornada, entre papeles y afán, donde el tiempo se escurre, como arena en el reloj, en mi rincón laboral, un remanso encontraré, donde el almuerzo es un verso, que a mi hambre dará voz.
En la paleta del escritorio, despliego mi banquete, un festín de sabores, un oasis en mi mente. La rutina se desvanece al compás de cada bocado, en mi trabajo, la rutina, se torna en un lienzo pintado.
El tupperware es mi cofre, guardián de manjares, en su interior, secretos de cocina, de amores culinarios. La silla se convierte en trono, mi escritorio en mesa, y en este reino de labores, la comida es mi empresa.
Entre informes y griterío, mi boca escribe historias, saboreo cada capítulo, mientras el tiempo devora. Los teclados son pianos, la masticación mi sinfonía, en este trabajo de sueños, la gastronomía es poesía.
Los compañeros son testigos, de mi danza con el tenedor, un ballet de aromas que se eleva, como un canto de sabor. Y aunque el trajín no se detiene, ni el reloj cesa su tic-tac, mi espacio de trabajo es también mi rincón de paz.
Así, entre informes y clases, entre números y café, mi jornada se endulza con cada bocado que provee. En la vorágine diaria, en mi escritorio hallé mi altar, donde el comer se convierte en un sagrado ritual.
Que el trabajo no sea cadena, sino un viaje festivo, donde el pan se comparta, y el hambre sea motivo. En mi lugar de labor, en esta rutina que abrazo, cada comida es un verso, que al día le pongo abrazo.

Deja un comentario