Un espacio íntimo donde la palabra respira y el verso se vuelve refugio. Poesía personal para quienes aman las letras, las emociones sinceras y la belleza de lo escrito desde el alma.

El viento soplaba fuerte aquella noche oscura mientras Mila y Yolanda conducían su viejo coche por la solitaria carretera que conectaba Galicia con Sevilla. Habían decidido realizar un viaje espontáneo durante el puente de la Constitución, ansiosas por explorar nuevos lugares y escapar de la rutina.

El trayecto se tornó más sombrío a medida que avanzaban hacia el sur. La luna apenas se asomaba entre las densas nubes, arrojando destellos fantasmagóricos sobre la carretera. Las chicas reían y charlaban animadamente, ajenas al misterio que se cernía sobre la región.

A medida que se adentraban en la profunda oscuridad, el paisaje cambiaba. Los altos árboles parecían susurrar historias olvidadas y sombras se movían en las penumbras. Mila y Yolanda comenzaron a sentir una incomodidad creciente, como si algo invisible les observara desde la oscuridad.

Decidieron hacer una parada en una pequeña gasolinera perdida en medio de la nada para recargar combustible y estirar las piernas. El aire gélido y la débil luz de la farola cercana crearon una atmósfera aún más inquietante. Sin embargo, las chicas intentaron restar importancia a sus inquietudes, achacándolas al cansancio del viaje.

De vuelta al coche, notaron que la carretera se volvía más angosta y sinuosa. Mila, que estaba al volante, frunció el ceño al ver un cartel desgastado que señalaba un desvío hacia un antiguo camino forestal. Sin GPS y guiadas únicamente por la intuición, decidieron aventurarse por el atajo.

La densidad del bosque aumentaba a medida que se internaban en el sendero. La oscuridad era tan opresiva que apenas podían ver unos pocos metros más allá de los faros del coche. Mila y Yolanda intercambiaron miradas nerviosas cuando comenzaron a escuchar susurros indescifrables y ramas crujientes bajo las ruedas.

De repente, el coche se detuvo en seco, como si algo invisible lo sujetara. El silencio invadió el habitáculo mientras las chicas, con el corazón acelerado, intentaban reiniciar el motor sin éxito. Entonces, en la penumbra, empezaron a distinguir sombras danzantes que se movían alrededor del vehículo.

El pánico se apoderó de ellas cuando una figura etérea emergió de la oscuridad, con ojos brillantes y un susurro ancestral. Mila y Yolanda, paralizadas por el miedo, contemplaron cómo la figura se acercaba lentamente, revelando un rostro familiar de otra época.

Era el espíritu de una mujer, vestida con ropajes antiguos, que murmuraba en gallego palabras incomprensibles. Las chicas, incapaces de moverse, sintieron cómo el frío se apoderaba de sus almas mientras la figura desaparecía en la oscuridad.

El coche, misteriosamente, volvió a arrancar, y Mila y Yolanda escaparon del camino forestal. El resto del viaje transcurrió en silencio, con las chicas sumidas en el asombro y la incomodidad. Nunca olvidarían aquella noche en la que se toparon con los secretos perdidos de una carretera olvidada entre Galicia y Sevilla, y cómo las sombras del pasado se manifestaron para recordarles que algunos caminos deben permanecer en el olvido.

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