Había una vez dos ojos que no se llevaban bien. El ojo derecho era un ojo verde, alegre y optimista, mientras que el ojo izquierdo era un ojo azul, serio y pesimista. El ojo derecho siempre veía el lado bueno de las cosas. Cuando veía un perro, pensaba que era un amigo peludo. Cuando veía un arcoíris, pensaba que era un símbolo de esperanza. El ojo izquierdo, por otro lado, siempre veía el lado malo de las cosas. Cuando veía un perro, pensaba que era un animal peligroso. Cuando veía un arcoíris, pensaba que era una señal de mal augurio.
Los dos ojos vivían en la cara de una niña llamado Lucia. Era una niña feliz y sociable, pero a veces se sentía confundida por las visiones tan diferentes de sus ojos. Un día, estaba jugando en el parque cuando vio un perro. El ojo derecho se puso muy feliz y empezó a ladrar. El ojo izquierdo, por otro lado, se puso muy nervioso y empezó a gritar.
Lucia no sabía qué hacer. ¿Debía creerle a su ojo derecho y jugar con el perro? ¿O debía creerle a su ojo izquierdo y alejarse? Lucia decidió escuchar a su corazón. Su corazón le decía que el perro era un amigo, así que decidió acercarse a él.
El perro era un labrador muy amigable. Empezó a jugar con ella y los dos se hicieron amigos. Lucia se dio cuenta de que podía aprender de sus dos ojos. El ojo derecho le enseñaba a ver el lado bueno de las cosas, mientras que el ojo izquierdo le enseñaba a ser cautelosa. Lucia aprendió a equilibrar las visiones de sus ojos. Cuando veía algo bueno, no lo tomaba por sentado. Cuando veía algo malo, no se dejaba llevar por el miedo.

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