María tenía una gran colección de sartenes, de todos los tamaños y formas. Algunas eran antiguas, de hierro fundido, con mangos de madera. Otras eran más modernas, de acero inoxidable o cerámica. María conservaba sus sartenes viejas con cariño. Para ella, eran más que simples utensilios de cocina. Eran recuerdos de su vida, de las cocinas que había conocido a lo largo de los años. María recordaba la sartén de hierro fundido que le había regalado su madre cuando era niña. Con ella, había aprendido a cocinar los platos tradicionales de su abuela. También recordaba la sartén de acero inoxidable que le había comprado su marido cuando se casaron. En ella, había preparado los primeros platos para su familia. Y, por supuesto, recordaba la sartén de cerámica que le había regalado su nieta cuando nació. Con ella, cocinaba ahora los platos favoritos de su pequeña nieta. Cada vez que María abría su alacena y veía sus sartenes viejas, se transportaba a otros tiempos y lugares. Recordaba los momentos felices que había pasado cocinando con ellas. Un día, la nieta de María, Lucía, la acompañó a la cocina. Lucía era una niña curiosa, y siempre le preguntaba a su abuela sobre su colección de sartenes.
—Abuela, ¿por qué conservas estas sartenes viejas? —preguntó Lucía.
—Porque son especiales —respondió María—. Cada una de ellas tiene una historia que contar.
Y María le contó a Lucía la historia de cada sartén. Lucía escuchó con atención, y se quedó impresionada por la historia de su abuela.
—Gracias, abuela —dijo Lucía cuando María terminó de contarle las historias—. Ya sé por qué las conservas. Son muy especiales.
María sonrió. Estaba feliz de que Lucía apreciara sus sartenes viejas. Sabía que, de esta manera, las historias que guardaban dentro vivirían para siempre.

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