Domingo, en teoría día para el relax y el disfrute, pero para mí un puto día de mierda. Mi enfermedad me ha pegado duro toda la noche, haciendo que mis huesos estallaran en múltiples explosiones de dolor, de garfios arrancándome la carne, de puñaladas y agujas por brazos y piernas, por la estaca clavada en la columna vertebral, el hacha clavada en mi cabeza. El dolor, el dolor, el dolor que las medicinas no aplacan, que las inyecciones de urgencia no sofocan, que me persigue y me hace tambalear mi corazón, ya débil de por si, como si fuera un espejismo de un ser humano que en su día reinaba en su historia fuerte, incansable, magnifico mochilero.
Y no son ni las diez de la mañana y ya estás hasta arriba de opiaceos que los médicos te dan como golosinas porque no hay otra manera de frenar esa palabra odiada, repudiada y con la que me enterraran cuando me toque, dolor, dolor, dolor.
Mi gato me mima, se sube a mi pecho y me abraza porque sabe por todo lo que hemos pasado, por los días llorando porque no podíamos movernos de una cama, donde los ojos no se abrían y las fuerzas te fallaban tanto que el cuerpo empezaba a disolverse con las sábanas. Y mi gato, mi amigo y compañero desde que lo rescate de una muerte segura en una perrera cuando era una cría indefensa ahora me regala su energía para que pueda abrazarlo, acariciarlo y por unos instantes dejar de pensar en el dolor, desahogarme con unas letras, jugar con el en mi regazo, querer vivir un día más a su lado.
Hoy debería de ser un día donde salir y poder ver el mundo, las lluvias de toda la semana se han calmado, se ven claros azules en el cielo desde mi ventana, mi cueva está secándose y a mi me espera otro día de dolor desde mi cama, espero y deseo que desde vuestras ventanas tengáis un día hermoso para poder luego leeros y viajar con todos vosotros y sonreír, ya que yo ya no puedo, feliz Domingo.

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