Un espacio íntimo donde la palabra respira y el verso se vuelve refugio. Poesía personal para quienes aman las letras, las emociones sinceras y la belleza de lo escrito desde el alma.

Las lluvias de estos días que no paran hacen que la vida se recoja más de lo normal en mi cueva, esta madrugada cuando me levante para ir a mear, con los parpados con lagañas y la boca seca de tenerla abierta toda la noche para orgasmos de mosquitos, arañas y demás parásitos que bailan con mis ronquidos pude escuchar el croar de un sapo de tierra en mi ventana.

Son majestuosos, grandes y hacen agujeros en la tierra donde se mantienen a una temperatura corporal ideal y disfrutan de estos días como siete enanos en una orgía con Blancanieves, pero estaba el capullo en mi ventana, recordándome que si la abría para ventilar el estaría encantado de meterse dentro a cazar toda esa jungla que se posa sobre mi mientras duermo.

No tengo nada en contra de los sapos, ni de las ranas, sus ancas me han servido de aperitivo en muchas ocasiones, sobre todo con salsa picante, de esas que hacen que la puntita de la lengua tenga una sensación de estar introduciéndose en algo prohibido, en una selva virgen. Y pude reparar en el, quedándome hipnotizado por sus ojos grandes, por su papada sensual y a pesar de que tenía el móvil cerca y en mis venas corre sangre de fotógrafo no quise inmortalizar el momento, lo consideraba una complicidad entre ambos que no quería romper, seguro que si movía un solo dedo saltaría y se perdería en la finca entre las verduras y las cañas.

Me gusto la sensación de vernos a los ojos, con sinceridad, como sendos depredadores que esperan llenar la barriga sin ser devorados por alguien por encima nuestra en la cadena alimenticia. El momento era magia pura hasta que mi gato llego de un salto, se subió a la piedra de la ventana, afino las pupilas y le clavo sus colmillos.

Con estupor y con el momento estropeado cerré los puños y le dije a mi gato: “¿No esperaras desayunar ya hoy no?”.

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