A las ocho de la mañana solía entrarnos una tormenta de arena, tal como llegaba se iba, tan rápidamente que era a veces un visto y no visto, como ciertas relaciones, como algunas amistades, como muchos trabajos. Pero era un momento mágico por lo turbador del fenómeno, por toda esa masa de arena a merced de un viento alocado que parecía una banda de mariachis de fiesta, colgados al final de tanto tequila, la tormenta era igual, una metáfora de muchas cosas de hoy, dejando ver todo su exterior pero ocultando el núcleo donde pasan todas las cosas, todo lo que no vemos, lo que no nos quiere decir. Y es que el doble margen asfixia pero no ahoga como millones de partículas rodeándote que no te dejan ver pero sabes que esta ahí, lo presientes, y no te vas, dejas que pase, conservas la esperanza de que cada grano haga un castillo, de que la tormenta de cada día en vez de tapar u ocultar deje después el paso a esa luz, a esos rayos del sol, que serían las acciones que no cuentan, los secretos. Uno a uno, granito a granito hasta la tormenta, hasta kilómetros de ancho, hasta el cielo de alto, hasta el alma, lo que hace daño. Y me permite el tiempo escudar lo que tendrá una mañana mas un montón de secuencias en negativo, desaliñados por el viento de arena, haciéndose el tonto para dejarse golpear por toda esa energía que nunca te dirá la verdad de porque se junta con otros granos de arena para fundirse en una tormenta, dejando millas y millas de palabras huecas.

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