Un espacio íntimo donde la palabra respira y el verso se vuelve refugio. Poesía personal para quienes aman las letras, las emociones sinceras y la belleza de lo escrito desde el alma.

Vi la piscina cuando llevaba las bolsas de la compra para casa, nada excesivo, un poco de fruta y bastante desinfectante para la lluvia ácida de mis glándulas lagrimales y me frené. Salte la valla, me desnude y me tire en modo bomba sin pensármelo. El agua estaba templada y a pesar de que me había colado me quede unos buenos veinte minutos.

El tiempo de secarme fue lo que también me dio para volver a saltar la valla y seguir camino de casa, no estaba satisfecho de lo que había hecho pero el mar me queda más lejos cuando no hay motor que lleve mis huesos ni compañía que ayude a combatir el miedo escénico a salir de la zona de seguridad del barrio.

Al llegar a casa deje las bolsas en la mesa, abrí la nevera y sacando las bandejas me metí dentro y cerré la puerta, me había propuesto ser un cubito de hielo humano, un iceberg que descongelarían cuando las facturas de la luz fuesen devueltas y cortasen la electricidad, quería ver el lado humano de los cristales de hielo en mi corazón.

Media hora fue lo máximo que aguante en mi concentración polar y el golpe de calor al salir de mi ataúd de hielo me golpeo la cara como una bofetada, ordene el contenido de las bolsas de la compra, puse la tele basura con una tableta de chocolate en la mano y me dormí.

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