El colmo de la vagancia es abrirse de piernas y mear a distancia sin salir de la cama. Mientras ponía en orden las imágenes en mi cabeza sobre ese suceso que me estaban contando pues la imaginación es la madre de todas las cualidades humanas, sentí dentro de mi mismo que me meaba. Cosa que podía ser una simbiosis entre las dos partes que a distancia se ponen de acuerdo para hacérselo donde mejor convenga.
¿Pero como te meas tanto?, le dije al llevar un par de horas de videoconferencia. ¡Tengo un mar de sangre!, me confiesa. La vampiresa la ahogaba en fluidos y residuos, menudo contagio. Y me puse en su lugar aunque sin mucha fortuna porque sólo siendo mujer se entiende los dolores de pasar una regla cabrona durante media semana.
En ese sentido los hombres podemos darnos con un canto en los dientes, ni sabemos lo que es parir ni lo que supone una menstruación durante media vida, sólo nos preocupamos de tener el pajarito en funcionamiento cuando llegado el momento la próstata nos empieza a apretar los cojoncillos.
Así que una vez que volvió de echar la meada me dijo: te iba a preguntar algo pero mientras me fui y volví del cuarto de baño se me olvido. No pasa nada lo entiendo con tanta presión allí abajo partiéndote lo que menos tienes en la cabeza son esas preguntas que me puedes hacer en otro momento.
Y en un alarde de fidelidad por la confesión de su intimidad vaginal encauce la conversación a las compresas, tampones y demás útiles para mantener el grifo cerrado y el embalse sin roturas, lo se, de tantas cosas que se pueden hablar, esa era la última de las opciones.

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