Cabalgas el misionero como corcel de la muerte, de sesenta y nueve maneras de humedecerme la boca, de rozarte contra la música de mi bello púbico contra el tuyo, de mover las arenas del tiempo con tu melena sudada, eres la media luna que forma la cama donde me amas donde me haces caníbal.
Los ventiladores no funcionan con el calor que desenchufas, tus pechos ojivas nucleares que harían de los súper héroes villanos por bajarte al pilón de tu consciencia, de esa que usas con la psicología de tus nalgas prietas para poner la gestación mas hermosa a mi erección.
Me gusta hacer el amor contigo (no le digas follar al arte de amasar el pan) porque te entregas con las revoluciones justas, evolucionando las posturas al tiempo, a la edad de nuestras vidas, sin comprometer el arnés que sujetándote del techo te impulsa hacia mi miembro, hacia tu cueva del placer, de la dicha.
Eres la seda, el bocadillo de la merienda que no falta, el combustible que furtivamente lo inflama todo, un demonio, vale también esa duende que me castiga con los hechizos para que no falte el riego de esa sangre que la mantiene viva, perra veterana de mil batallas.
Te digo buenos días, contacto, con tacto, suavemente con fuerza, gemido, dos, tres y un suspiro.

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