Si viajase en el tiempo me iría a una fecha indeterminada de mi cabeza que muchas noches me ronda y otras noches me atraganta la garganta. Una fecha en la que aún estábamos desarrollándonos y que los unicornios no solo salían a pasear por las calles sino que formaban parte de ese conglomerado de la juventud a punto de ser arrancada a una socialización brutal y atípica.
Esa fecha en la que te hubiese gustado dar un paso más allá con alguien, o hacer algo que fuese un punto de inflexión en tu vida y eso te deja marcado para siempre. Lo confieso ese momento y lugar del pasado sería para tocarle el culo a una chica que me gustaba, claro está bajo su permiso y supervisión. Y la razón es porque en el futuro esa acción pasada hubiese cambiado la historia presente y el sol se pondría por donde siempre y el gallo afónico seguiría estandolo pero quizás la cucharita nocturna no sería en un nórdico sino entre la seda y su ombligo.
Y aunque no buscas la aprobación mil años después de aquellos momentos de calentura juvenil el confesarlo te hace quedar con esa sensación de que por un instante se lo has tocado y suspiras profundamente y te dejas creer que lo has conseguido pero tu mente va mas allá, si, mucho más allá y te preguntas ¿qué fue de esa chica de pelo largo y oscuro?… que contoneaba sus caderas y su sonrisa derretía cerebros. Y con la modernidad de las redes sociales te pones a buscar como loco ( le das con un dedo al teclado mientras miras de reojo un documental sobre los reptilianos) y ¡zaaaaasca!. Fijate que la encuentras, que puedes bichear en su red social y te quedas blanco cuando lees sus notas y en una de ellas te menciona, ¡W T F! Y lees con lagrimas en los ojos porque te entro polvillo de no limpiar la lampara en años que pone: “ Mu majo er shaval pero nunca se atrevió a tocarme la popa con las ganas que le tenia al mushasho”.
Después de eso te tomas una taza de cereales con galletas, te rascas una nalga pejiguera y te vas cabreado a trabajar.

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