Te pedí un kilo de sardinas y me miraste con una sonrisa debajo de tu gorro blanco con redilla. Pusiste el genero en la bascula y me preguntaste si lo quería así con un par de cientos de gramos de más, cosa que me resultaba indiferente, total una vez que se limpia la cabeza y las tripas poco queda para asar, para festín de gatos callejeros y demás alimañas. Me leíste la cartilla, o sea te pague haciendo que mi mano depositara los Leuros en tu mano, rozándote a propósito, buscándote.
Por un instante una descarga de emociones y electricidad recorrió nuestros cuerpos, como si a la vez recibiésemos una descarga de un rayo, de una manera intima, nos clavamos las miradas y gritaste el nombre de tu madre en alto “¡mama cubre aquí vengo ahora!”. Me hizo un gesto con la cabeza para que la siguiera, me quede medio parado y me dijo ¡vente! ¡vente!.
Entramos en el vestuario después de que usara su llave para entrar. Así como fue cerrar la puerta tras nosotros y pasarle el pestillo interno me empujo contra las taquillas y empezó a besarme con una adhesividad descontrolada. En esos momentos la bolsa de sardinas estaba en el suelo al igual que mis pantalones y mi ropa interior. Se puso a trabajar en la comarca allí en la tierra media mientras no podía parar de resoplar. Y después de un rato estrenando los barrios bajos me tumbo en el banco de madera de unos cuatro metros de largo y me cabalgo como en un rodeo, apretando las piernas para no caerse, para reducirme por completo a su juguete sexual, a esa mezcla de olores entre pescado, vísceras, colonia, humedad, excitación.
Veinte minutos de locura hizo que a más de una de las que nos habían visto entrar le picase la curiosidad e intentase entrar con sus llaves pero el pestillo delator invitaba a aporrear la puerta y escuchar la pregunta ¿qué pasa ahí? ¿todo bien?…
Risas…
¡Vístete rápido!
La puerta se abre cuando ella decide que estamos lo suficientemente arreglados para no dar el cante, aunque sinceramente eso ya era imposible de tapar, las caras al salir de quienes de reojo se dejaban murmurar eran lo más claro de entender ¡iros a un hotel!.
Nos buscamos con la mirada yo camino de la salida, ella a su puesto donde la madre mantenía la cara desencajada por los cotilleos que le llegaban, me guiño un ojo y me fui.

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